Los profesores efectivos al enseñar son un gran aporte para la sociedad

Red de Matemáticas

Un docente que logra un buen rendimiento de sus estudiantes, por año genera ganancias equivalentes a unos $280 millones, ya que sus estudiantes terminan siendo piezas claves del sistema.

Eric Hanushek estimó que, en 12 meses, un buen profesor enseña el equivalente a 1,5 años de un maestro promedio. Doctor en Economía, miembro de la Academia Nacional de Educación de Estados Unidos y académico de la Universidad de Stanford, este profesional de los números ha centrado su carrera en entender a través de datos qué supone eso que tanto se pide: una educación de calidad.

Para Hanushek, los buenos docentes son aquellos que disfrutan de su trabajo, que están dispuestos a capacitarse en forma permanente, pero fundamentalmente logran que sus estudiantes logren aprendizajes efectivos. Esto no es sinónimo de  siempre obtener los mejores puntajes en pruebas estandarizadas, sino que en el tiempo, el desempeño de sus estudiantes presente mejoras.

Entonces, más que comparar un colegio con otro, por ejemplo ¿Cuál logró mejor puntaje en el SIMCE?,  se diferencia según cómo un niño comenzó y terminó cierto período escolar. “Eso simplemente siguiendo su rendimiento”, explica el académico, quien estuvo de visita en Chile por invitación de Libertad y Desarrollo.

“Es cierto que los profesores destacados tienen que hacer más que solo enseñar lenguaje o problemas de matemáticas. Pero si solo son buenas personas y no saben enseñar a resolver ecuaciones, cuando eso es lo que les corresponde, no creo que puedan ser considerados buenos maestros”, dice.

Según cálculos del académico, un profesor efectivo anualmente genera ganancias equivalentes a 400 mil dólares (unos 280 millones de pesos). La estimación se basa en el hecho de que los alumnos bien preparados terminan siendo un aporte importante para la sociedad.

Sin carencias

¿Qué se puede hacer con los profesores que no cumplen con las expectativas impuestas? Eric Hanushek responde sin tapujos: ayudarlos a encontrar trabajos para los que sean más adecuados.

Sacar a un mal docente del sistema tiene que ver con dar justicia a quienes se educan. Y por ahora, la amenaza de que esto se transforme en una escasez de profesores no se ha concretado. Esto Hanushek lo grafica usando como ejemplo al estado de Washington.

“Hace poco más de cinco años se empezó a evaluar el rendimiento de los docentes de esa zona. Quienes mostraban mejoras en sus alumnos recibieron incentivos salariales, con la idea de retenerlos. En cambio, a quienes no mostraban progreso después de dos años se les pidió irse”, indica.

Más que una carencia, tras este proceso más personas capacitadas y dispuestas a evaluarse se mostraron interesadas en la docencia. “Hay una gran cantidad de personas a quienes les gustaría enseñar en escuelas, pero a las que no les gusta la idea de que si hacen un buen trabajo no van a recibir reconocimiento por ello. Pensar que los van a tratar exactamente igual que a alguien que lo hace mal no es un gran incentivo”, dice el académico, quien explica que Washington logró revertir este pensamiento y reclutar a los mejores.

Respecto de la carrera docente que comenzó a implementarse en Chile —que genera niveles en relación con los años de experiencia y la calidad de trabajo de un profesor, afectando el salario que recibe—, Hanushek comenta que es probable que “sea de interés de los profesores en general. Porque si no están de acuerdo con someterse a una evaluación de rendimiento, es porque no quieren a los mejores dentro de su profesión”.

Esto no significa que todos los cambios propuestos en los últimos años le parezcan positivos. Como idea, la gratuidad universitaria universal le parece engañosa.

“La universidad gratuita para todos, en general, resulta ser un subsidio para la clase media y alta. Porque son los que obtienen la mayor ventaja; la razón fundamental es que se aseguran de que sus hijos estén mejor preparados para llegar a la educación superior. Como son ellos quienes tienen más probabilidades de que sus niños vayan a estos lugares, quienes terminan subvencionándolos son los impuestos de personas que no fueron a la universidad. Creo que es un mal sistema, porque es regresivo”.

Fuente: El Mercurio 17 de junio 2019